Producto del sistema

Cuando un mal persiste por una buena cantidad de tiempo podemos naturalizarlo hasta creer que es irremediable

Por Cesar Briatore

Imaginen una nación de 150 millones de personas, o bien un país que triplica y más toda la población de Argentina. Apenas ocho países en el mundo superan esa cantidad, ni Rusia ni México ni Japón llegan a esa cifra por sí solos. Es algo como la población de Francia más la de Italia más todo Australia juntas, verdaderamente muchísima gente, una gran nación. Ahora bien, Unicef evaluó el avance de la pobreza infantil a nivel mundial desde el estallido del COVID19 y denuncia un alarmante aumento del 15% que equivale a unos 150 millones de personas justamente <Ver+>. Mientras la población mundial crece a una tasa levemente superior al 1% se multiplican los casos de seres humanos que tienen un presente vacío y un futuro incierto. ¿Se entiende? Hay mayor tasa de crecimiento en pobreza infantil que de aumento demográfico global.

Niño pobre – Acrílico de Virgilio Pellegrini (España)

Ese no es el aporte de la pandemia y no puede compararse con cruceros vacíos, restaurantes en quiebra o caída del comercio exterior. Aquellos nuevos 150 millones de niños bajo pobreza multidimensional son apenas el incremento más reciente sobre un total preexistente de más de 1.000 millones de jóvenes los cuales sobreviven sin cubrir las necesidades más básicas como alimento, agua, abrigo, vacunas o educación. El aumento del 15% es gravísimo pero el arrastre anterior no tiene calificativo ni justificación. ¿Se entiende? La dimensión del Problema supera por varias veces al poder de muchas naciones y lo llamare problema solo por no decirle resultado.

Moscas en la cara, pies descalzos y costumbre al hambre es solo una parte del problema. La indigencia más humillante sobre un niño es la parte identificable y casi de más simple solución. Identificable porque cada uno de esos niños tienen un nombre, un apellido y se sabe donde están. Además de ello es solucionable porque seguramente con mucho menos de cien dólares por cada uno se podría calmar su sed, su hambre y su frío por un buen periodo de tiempo pero el problema no termina ahí. Existe una huella profunda en las almas luego de tanto destrato siendo imprescindible llevar además contención, formación y esperanza. Hay hambre de comida pero también de una señal clara de que lo indecible ya pasó, que terminó y no volverá. Ahí aparece el verdadero problema, aquel que no se arregla con dinero. Lamentablemente cubrir necesidades y arropar al cansado no es suficiente si el entorno multiplica los carenciados de a millones haciendo de la dinámica global una picadora de carne. ¿Se entiende? No sirve de mucho reparar los daños individuales si no se detiene la generación masiva de desastres entendiendo que lo que para algunos es un Problema en realidad es el Resultado de todo un sistema.

La miseria es el producto final de un diseño miserable.

Podría dejar para los economistas que resuelvan con métodos distributivos los caminos para la ascendencia social, que ellos sean los que pulan esas fallas del sistema económico que tiende a la exclusión y descarte. Pero seamos francos, nada está dando resultado, ni los programas del Banco Mundial, ni las campañas humanitarias ni ningún esfuerzo público o privado. La cifra mencionada es sólo la referida a niños, no incluye adultos ni adultos mayores que suelen renunciar a sí mismos para priorizar a los más chicos. Donde hay un adulto empobrecido hay niños con hambre y viceversa porque en definitiva hablar de pobreza infantil es bajarle el precio al problema para no hablar de una comunidad desposeída de lo mas elemental. Los resultados hablan por sí solos, acá no hay fallas, estamos recibiendo las respuestas correctas de un sistema macabro, aun con la aplicación de políticas sociales amplias y progresistas la mano del Estado no llega a ser eficiente un cien por ciento. La miseria es el producto final de un diseño miserable.

Los consensos de la sociedad han generado las instituciones que tenemos, las reglas de convivencia surgen de las leyes que conciben nuestros representantes (puestos por nosotros) y cuando los pueblos fueron sobrepasados por algún dominante emprendimos revoluciones de todo tipo para recobrar la justicia. El mundo es lo que hacemos de él y la tasa del 15% también, es simplemente algo que hacemos por acción u omisión. El hambre, la marginalidad y el sufrimiento infantil no es un problema sino es el resultado. Hay un camino elegido por todos y cada uno de nosotros con un grado de responsabilidad directamente proporcional al poder de influencia que se tiene en la sociedad, un grado de poder que nunca es nulo.

Nadie sabe cuanto más se puede estirar la soga. Nadie sabe cual es la masa crítica que nuestro método pueda excluir hasta que la desigualdad se haga insostenible no ya para el marginado sino para el resto. Podría no funcionar de un momento a otro o peor aún, no quebrarse la tendencia por mucho tiempo más hasta llevar todo a un nuevo subnivel. Hoy los que surfean las olas del sistema, los que reman está el cansancio y siguen la vorágine para mantener la cabeza a flote lo hacen también tolerando el daño colateral en vidas nacientes evitando mirar al costado del camino por impotencia o desdén pero una cosa es segura: El sistema que convalidamos cada día encontró ya varios límites que intencionalmente preferimos ignorar. Aceptamos la pérdida de la biodiversidad, el calentamiento global, la sobreexplotación de recursos pero esa actitud altiva en contra de nuestro medio no acabó allí. Fuimos contra nosotros mismos, nos importó una aldea de niños lo mismo que un puñado de ballenas, un bosque repleto de vida o el lecho de los ríos: Nos importó nada.

La pandemia solo lo hizo más visible, algo inútilmente trágico, deberíamos haber aprendido la lección un poco antes pero eso ya no importa. El Producto bruto caerá en la mayoría de los países, se resentirá el empleo, el comercio y el equilibrio fiscal. Nuestra respuesta probablemente será la indiferencia o la justificación desde el Darwinismo social tal como lo hacen algunas fieras con sus crías menos agraciadas. Seremos como las fieras. Nadie se acordará que en las guaridas fiscales hay unos 20 billones de dólares o más y que mientras se emiten billetes sin respaldo para salvar corporaciones hay gente bondadosa que reparte viandas para paliar otra vuelta en la máquina traga-personas.

Es todo parte de lo mismo, la panza estrujada, la fila para la vianda, el conductor que mira el semáforo en rojo sin ver al malabarista, la corporación sostenida por la banca y mucho dinero que asciende por la pirámide de social hasta escupir ríos de monedas candentes hacia el núcleo del poder. Elegimos esto, no se quejen, sabemos que no hay ni habrá derrame, que la cosa se va a poner muy fea y que no habrá nueva normalidad si no diseñamos una maquinaria social desde cero. ¿Se entiende? Saber que lo que le falta a millones no es inexistente sino que esta escondido es un buen comienzo, el segundo paso es cortar los flujos de extracción de vida. Hay cientos de formas de succionar el aliento hasta dejarte en esa creciente nación de la pobreza. Cuando se niega el acceso a la tierra y los conocimientos para producir con ella, cuando se manipula a una sociedad con mentiras para acceder aun por vía democrática al poder como llave de negocios concentrados, cuando corporaciones trasnacionales compran emprendimientos exitosos, formadores de precios que multiplican rentabilidad y logran formas de evasión, el reemplazo de la mano de obra por procesos automatizados sin solucionar antes la dependencia material al salario, endeudamiento odioso, triangulación de sociedades, dumping, etc. Realmente son cientos de formas y no estamos corrigiendo ninguna. ¿Se entiende?

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