El Paso

Llegamos al final del camino, inventemos uno nuevo

El jueves 26 de marzo de 2020 durante una entrevista en la TV Pública el Presidente de la Nación Argentina, Alberto Fernández declaró que “Tenemos que revisar cómo funciona el mundo. Y pensar si no tenemos que generar un sistema más igualitario para que todos tengan acceso a los bienes y servicios básicos”. La claridad de la declaración pasó casi desapercibida entre operaciones de pujas políticas y mediocres arremetidas de la oposición por capitalizar protagonismo o lo que es peor aún, torcer el rumbo tomado por el gobierno. Pero más allá de la ruidosa coyuntura Alberto no quedó solo en esa posición de rebeldía en cuestionar la viabilidad de este mundo.

«El caminante sobre el mar de nubes» (1817–1818), Caspar David Friedrich

Pocos días después circuló por muchos medios en español que se había publicado en el The Washington Post una ferviente nota de opinión que decía entre otras cosas:“La realidad ha quitado el efecto de la anestesia del capitalismo salvaje; y ha tirado sus cartas sobre la mesa. Ha llegado la hora de replantear y de humanizar este modelo económico; y hacernos el siguiente planteamiento: ¡O muere el Capitalismo Salvaje, o muere la Civilización Humana!”. La vehemencia de la conclusión hizo que la nota se haga viral aunque poco después se sabía que el texto nunca había sido publicado en el medio americano. La fuente era falsa pero el espíritu de la afirmación era tan verdadera que se reprodujo con la velocidad del contagio más feroz.

Lo que me resultó llamativo no es que el presidente argentino explore un cambio profundo en nuestro sistema económico del mismo modo que lo hacía una carta apócrifa de un activista anónimo. Fue que en varios programas de TV y radio también pude escuchar como conductores que se dedican más a banalidades que a cuestiones reflexivas preguntaban a sus entrevistados si al final de la cuarentena seríamos una sociedad mejor o al menos mejores personas. Ya no eran hechos aislados, había una idea volando en el aire que buscaba encontrar tierra fértil para hacer raíces y realmente estamos presenciando su germinación.

Las explicaciones de tanta pensadera pueden ser varias; el encierro, el tiempo para meditar, las mejoras medioambientales a raíz de la merma industrial o el miedo a que cualquier plan de vida se vea interrumpido por una tos seca que termina mal. Lo cierto es que se hizo generalizado un replanteo existencial que pone en duda cada cimiento de la sociedad y eso se hace patente al ver a los libertarios económicos pidiendo a gritos el auxilio del Estado mientras al mismo tiempo los gobiernos progresistas no se desbocan por hacer una ola estatizadora sino que ponen paños fríos a la economía para sumergirla como última prioridad luego de la vida, la ciencia aplicada a la salud y el acceso a los recursos mínimos para sobrevivir. Ya nadie es igual.

El andamiaje cultural que arma la estructura de pensamiento moderno dice que el agua, la comida, los medicamentos, la calefacción, el transporte, la iluminación y las comunicaciones son bienes y servicios que se acceden a través del dinero por lo tanto sin dinero pasas hambre, frío, no tenes techo ni salud, estas fuera del sistema, no sos nadie. A su vez, para obtener dinero lícitamente hay que trabajar para sí mismo o para otro cerrando con ello la cadena de igualdades y dependencias: Necesidades=Dinero=Trabajo.

Cuando se dispuso la cuarentena obligatoria se pateó la piedra fundamental en la torre de acceso a las necesidades más elementales haciendo imposible el ejercicio del Trabajo. Ahora todo se vuelve ridículo, el sistema se rompe y nos lleva como especie a un dilema de hierro donde te mata un virus o la necesidad más básica. Con el sistema roto y ante lo indefectible de las necesidades humanas que se presentan minuto a minuto la única salida es que el dinero esté en tu bolsillo aun sin trabajar que es lo que se está intentando hacer en estos momentos.

La gran cuestión es si es tan necesario el dinero y el trabajo si el objetivo es salvar necesidades. Todos sabemos que podríamos tener mayor automatización y mayor independencia de la presencia humana en la generación de riquezas si no fuese por la presión que genera el modelo que hoy se ha roto. El miedo al desempleo como puente a la necesidad más elemental nos ha llevado a reclamar por la conservación de puestos inútiles, mal pagos y redundantes. Hay miles de casos donde una línea de producción es interrumpida por una mesa de operarios que hacen un trabajo rutinario a destajo solo por no generar más desempleo. Buscamos trabajar aun arriesgando la vida porque el sistema no te da opciones para satisfacer las necesidades. Es tan así que cuando una empresa se quiere hacer propaganda habla más de los puestos de trabajo que genera que los impuestos que paga o los bienes que produce. Ese modelo ya no sirve y el que nos demos cuenta todos es para lo único bueno que ha servido este golpe a la vida.

El golpe fue tan duro que hasta el más duro exhaló un suspiro. Pude ver en directo uno a uno como Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro se ponían pálidos en esta hondonada del camino. Todos, absolutamente todos los que diagramaron el destino mundial se arrepintieron de su obra. Nunca consideraron que ellos no estaban sobre el sistema sino todo lo contrario. Que con poder, con dinero o con ambos una persona tiene los límites de todas las personas. Henry Kissinger dijo hace pocos días “La pandemia de coronavirus alterará el orden mundial para siempre” y reconoció el peligro al que nos enfrentamos al decir: “El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo”. Claramente reconoce que el futuro proyectado hasta acá ya no existe, se esfumó. Que habrá otro destino aún no construido o sólo quedarán cenizas. O hacemos un nuevo sistema o no quedará nada.

Todos, absolutamente todos los que diagramaron el destino mundial se arrepintieron de su obra.

Pero no es solo algunas voces diciendo esto. El profesor, historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari sentenció: “..es importante entender que estamos reescribiendo las reglas del juego. Del juego económico y político, todo está en juego”. Por armar un abanico amplio podemos ver que desde Joseph Stiglitz hasta la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva todos coinciden que en lo económico esta es una crisis sin igual donde los involucrados (todos) no están en condiciones de afrontarla y esto conlleva a tomar decisiones que no son concordantes con el historial de las instituciones. El “Todo está en juego” de Harari significa el sistema está en juego y el problema es que el sistema se está llevando puestas a las personas. No hay grandes voluntades de abandonar este barco en zozobra y todo indica que la solución a estar hundiéndose es repartir toallas para secarse los pies y no saltar a otro barco. Ese es el camino hacia las cenizas que se refiere Henry.

No es difícil identificar el sistema fallido. Grandes necesidades insatisfechas por un lado y tres grandes fortunas por el otro. La primer gran fortuna es la que ostentan los magnates a cargo de las corporaciones trasnacionales que acaparan cada rubro. Esta suma se contabiliza en el mundo formal, se registra en bienes personales y se pesa en lingotes de oro. La segunda es la que se oculta tanto en paraísos fiscales y como en subdeclaraciones del mundo formal. Enmascaradas en pantallas y empresas anidadas que sirven para hacer giros hacia rostros que desdibujan el verdadero dueño permiten operaciones de consolidación de poder. Por último, la tercer fortuna son las deudas. Hay montañas de dinero que jaquean la voluntad de naciones, otras tantas que son el dibujo de emisión monetaria alocada y además hay deudas de privados que tienen por mecánica nunca pagar. Tres montañas de dinero que se acumularon entre dos extremos escasos. Mientras hay tres montañas de dinero inactivas tenemos escasez de trabajo y escasez de necesidades satisfechas.

Venimos desde los ’80s bajo un puñado de reglas simples trazadas por el Consenso de Washington y nos estamos encontrando con una crisis que nos arrastra a subsuelos vistos hace 90 años por un problema que habíamos considerado más de una vez pero que no se tomaron las medidas adecuadas al respecto. Más de una vez se planteó el escenario de una pandemia sin tomar en serio la elaboración de esos protocolos que hoy vamos inventando sobre la marcha. Las muertes por COVID-19 están bajo la carátula de Negligencia y esa culpa es la que posibilita un cambio profundo en el modelo futuro. Las manos manchadas con sangre de los artífices del tratamiento de la salud como un producto, de la mercantilización de cada necesidad básica y el sometimiento de generaciones enteras a esquemas de ajuste hacen posible el próximo paso.

Estamos en la noche más oscura de una pandemia que arrastra consigo cada pilar cultural. El trabajo falta y no se puede hacer, el dinero podría abundar pero no hay qué comprar y hay necesidades básicas replicadas por millones que esperan satisfacción urgente pero la economía no puede dar solución. Iluso aquel que en un contexto donde no se pueden cobrar deudas, ni recuperar muchas actividades y con caída global del producto se pueda salir de acá con más capitalismo.

En esta noche, para abundar en símbolos, se celebra la Pascua cristiana que celebra el paso de la muerte a la vida y por su parte los judíos celebran el paso de la esclavitud hacia la libertad. A su vez, toda la humanidad está temerosa del paso que debe dar, un paso a la vida y la libertad. Ese paso es simple, es armar un nuevo sistema donde el objetivo no sea trabajar solo porque sí ni acumular dinero más que otros. El sistema debe satisfacer todas las necesidades humanas, ese debe ser nuestro consenso.

El paso del que todos hablan es el de cómo resolver nuestra forma de vida a nivel especie. Si vamos a seguir luchando por contener ese índice creciente de desocupación y carencia habitacional generalizada o vamos a pensar en el trabajo como una tarea de valor social no atada al acceso de ese dinero escaso que satisface necesidades básicas. Si vamos a fomentar la desigualdad en una carrera por la supervivencia al estilo Juegos del Hambre o nos vamos a dedicar a solucionar problemas globales con el menor impacto medioambiental posible. Si es necesario volver a la vorágine de principios del 2020 o podemos implementar una Renta Básica Universal (RBI) que nos deje más tiempo libre para vivir. Si las corporaciones están al servicio de las personas o al revés y sobre todo que hacer con las consecuencias desiguales del sistema de reparto de utilidades del mundo ultra capitalista que cuando llega un virus desconocido te deja solo, sin una camilla, un respirador o un simple barbijo descartable.

Cesar Briatore

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