De acuerdo en el error

Organizaciones sociales, partidos políticos, sindicatos e iglesia confluyen luego de mucho tiempo en una misma voz sin advertir que podríAn estar reclamando algo equivocado.

Por César Briatore

La confluencia de fuerzas muchas veces nivelan hacia abajo en sus aspiraciones como camino hacia el acuerdo y cuando muchos concuerdan en sus metas “de minina” se puede lograr un objetivo paupérrimo. Este podría ser el caso de la puja por la Emergencia Alimentaria.

Un estado de emergencia es una situación pasajera que se establece como escape hasta lograr cierto nivel aceptable de control y arbitrariamente se puede  suspender cuando todavía no hay una solución de fondo porque el objetivo es la salida del momento de crisis. La declaración de emergencia no resuelve nada por sí misma sino que habilita el uso de recursos extraordinarios para acciones públicas que ni siquiera al día de hoy están planificadas. 

Ciertamente podríamos declarar la emergencia alimentaria y permitirnos la ineficiencia de dejar a un chico sin cenar para luego levantar la medida dejando a miles en la miseria bajando el alcance de la indigencia de un treinta a un veinte por ciento o cualquier otro número. No sería la primera vez que la política se sienta conforme con un bajo nivel de atrocidad y deje a la buena de Dios a cualquier daño colateral inferior a un dígito. En ese caso el actual debate se rebajaria a una patética chicana electoral sin contemplar la situación de fondo que es la marginalidad masiva en un país tan inmensamente rico como desigual. 

Si fuésemos un país devastado por catástrofes naturales o arrasado por conflictos bélicos sería más complejo alcanzar una solución definitiva al hambre de este pueblo pero tenemos la ventaja de estar administrando abundancia y no la escasez. Aquí más que en otras partes del mundo el Hambre es un hecho político. Es la consecuencia de una serie de decisiones administrativas bajo un plan cuyos objetivos son alcanzados indefectiblemente. El resultado esperable a la ejecución de medidas restrictivas y concentradoras de la riqueza como herramienta de dominación masiva. La consecuencia lógica a la maldad y el egoísmo.

¿Y si en vez de fogonear el concepto Emergencia Alimentaria hablamos de Soberanía del Recurso?

Ahora el ruido en la panza vacía molesta porque se extendió tanto que llegó a conformar esa masa crítica que presiona, visibiliza y gana elecciones. Pero no hay que llegar a tanto para intentar soluciones. Unos hablaron de “poner plata en los bolsillos”, otros de eliminar IVA en la canasta básica y no atendieron los impedimentos prácticos de esas medidas o sus consecuencias. Prefiero en vez de criticar esas ideas elaborar otra, una superadora y que no ataca a una situación coyuntural sino que cambia el modelo de pensamiento respecto al usufructo de nuestra tierra.

Hoy el hambre en la Argentina es un problema social integral de los sectores más vulnerados (no vulnerables) y alcanza a cualquiera directa o indirectamente. Es integral porque no es solo  falta de comida en un plato sino el último eslabón en una larga cadena de necesidades insatisfechas que componen un complejo andamiaje de límites a la ascendencia social. El funcionamiento de este  sistema fallido durante generaciones genera un problema estructural que lo hace incapaz de brindar soluciones más allá de tibios parches de contención al desastre. Hablamos de familias que viven sin un techo o bajo un techo donde no hay dinero para comprar una garrafa o donde hay un jubilado que debe ayunar para poder comprar remedios. La falta de comida es el último grito de una situación asfixiante  que lleva varias generaciones y tiene diversas aristas como desempleo, precarización, discriminación, violencia familiar y toda alteración de la dignidad humana. Son situaciones que no se arreglan con regalar un changuito de supermercado y menos condonando impuestos. Aquí hace falta otro modelo, uno que atienda lo urgente pero con prospección a largo plazo y no con la lógica de la dádiva selectiva de la contención social que asegura la gobernabilidad. No sirve ni la limosna de campaña ni el clientelismo de clase, estamos como país, para algo más que las sobras bajo mote de solidaridad o acción social.

Las familias que deambulan sin un techo lo hacen en un país que ha vendido a precios ridículos más de 12 millones de selectas hectáreas a extranjeros. Bajo el reclamo de Techo-Tierra-Trabajo no se manifiesta un problema habitacional o laboral sino que se expone una inmensa injusticia que raya la burla. Pedir Trabajo no es reclamar un empleo porque empleo es fácil de dar hoy día. Pones un aviso (o una app) buscando gente y los haces registrar como monotributistas y eso es “dar trabajo”. Trabajar no es suficiente si ese trabajo es el puente para vulnerar un derecho adquirido y es un mecanismo para someter al débil. Cuando se pide trabajo es porque en este mundo consumista que supimos conseguir es el único camino lícito para satisfacer la necesidad más elemental como alimento y abrigo. Pero ¿qué pasaría si habría algunas de las necesidades más básicas cubiertas por la pertenencia a un sistema, a un país?

Existen muchas formas de lograr esto o al menos de tender a ello y de esto se habla en muchas partes del mundo. Hay más modelos de convivencia que el planteado en la Argentina los últimos años de liberalismo o en los anteriores de presencia estatal o cualquiera de las variantes entre la Tercera posición y la ortodoxia unitaria. Nos olvidamos de pensar y soñar creyendo en la alternancia de medias tintas que no van al hueso. Las falsas dicotomías del ajuste fiscal que le ponen un punto rojo en la frente a los jubilados o preguntan cómo solventar un incremento de la AUH son solo diques de contención para los atrevidos que imaginan no un país con alto PBI sino a los habitantes de un país gozando de sus riquezas.

No hay que sufrir por la falta de dólares porque poseemos todos los argentinos recursos renovables y no renovables que cotizan en dólares. Obviamente que dejar explotar esos recursos a cuatro vivos para pagar todo en precios dolarizados no va a funcionar. No hay que sufrir por la caída de reservas en oro porque verdaderamente los argentinos tenemos oro bajo las montañas que se lo regalamos a las mineras extranjeras. Obviamente que dejar salir los metales preciosos (con o sin retenciones) en vez de atesorarlos en el BCRA como aval de la moneda no va a funcionar.  No hay que declarar ninguna emergencia alimentaria porque la pequeña porción que se exporta de nuestro PBI supera en diez las necesidades alimenticias totales de la república. Esto es sencillo, dos tercios de la población se las arreglan para comer y alimentar a 30 tercios más pero no a nuestro tercio castigado. Obviamente la solución no es quitarle el IVA a la leche ni es fácil plantarse ante los poderes fácticos para hacerles tragar el concepto de soberanía alimentaria. 

Bajar el precio de los alimentos luego que los aumentaron al límite de tener que pasar hambre es más fácil que asegurar la alimentación de cada argentino aún y sobre todo a ese que no tiene empleo pero podría pasar que ese pan rebajado se ponga duro en la góndola al canto de Atahualpa: 

Las penas y las vaquitas

se van por la misma senda.

     Las penas son de nosotros;

     las vaquitas son ajenas.

Hay mejores soluciones que gritar Emergencia, hay formas innovadoras de asumir las ventajas de una sociedad organizada y tecnificada pero es imposible de sobrellevar cuando lo público es un negocio privado, hay nuevas formas de entender los factores económicos como el trabajo y hay modelos de equivalencias que nivelan las oportunidades dentro de la sociedad, hay nuevas formas de sostener la moneda y la posibilidad concreta de democratizar el acceso a los recursos. Hay maneras de generalizar los beneficios de la acción exportadora de commodities pero nos cerramos a fórmulas de recaudación estatal que termina siendo malgastada. Hay maneras para condicionar la acumulación de riqueza en pocos a la satisfacción de necesidades básicas de la mayoría pero venimos haciendo lo contrario. Hay que replantear y recuperar aquel motivo que generó constituirse en país y celar cada acción para no perder el rumbo.  Es hacer carne el sueño de los padres de la patria y sostenerlo.

Tenemos un futuro dichoso por delante pero esto no es ni para tibios ni cobardes, hay que plantarse ante un puñado de millonarios avaros y explicarles amablemente o no que tenemos prioridades a la hora de repartir el queso. Son ideas que meten miedo porque han sabido los dominadores inculcar en los sometidos sus propios temores, los pavores que sufren al imaginar que la rueda pegue media vuelta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s