La ineficacia de las mayorías

El día menos esperado, en el momento mas trivial, pueden caer todas las fichas juntas.

Por Cesar Briatore

A solo días para que en las urnas se defina el destino del país con un giro sobre los talones o se ahonde su camino hacia la dependencia viene mi hijo mayor, profundamente apolitizado, y me dice: “nunca vas a lograr lo que querés porque la gente que defendés son demasiadas como para ponerse de acuerdo“. La primer reacción fue negarlo pero no pude decir una palabra, estaba Knockout. Escuché el conteo hasta diez y no pude mover un solo músculo hasta que por fin sonó un silbato. Había ganado con la contundencia de un campeón y tuve que reconocer su victoria. Definitivamente me hizo pensar y ese es el triunfo.

Si él tiene razón habré perdido mucho de mi tiempo, pero esa no es la parte más importante en este momento. Lo importante es Si realmente tiene razón. Debemos saber si por una cuestión numérica las conglomeraciones tenemos un impedimento técnico y práctico frente a un sistema que está pensado a favor de ellas. Si esto es así, entonces hay un problema mayor que haber perdido el tiempo sino la forma en como lo hice.

Haber buscado consensos, subir gente al carro y sumar bajo un mismo trapo pudo haber sido una estrategia errada por nunca querer ver que cuando un grupo es lo suficientemente grande está expuesto primero a la división, luego a la dispersión y por último al enfrentamiento. Es fácil estar de acuerdo entre 4 o 5, algo más complicado entre 40 o 50. Cuando son 400 o 500 ya es verdaderamente complejo y cuando se escala hasta los 4.000 o 5.000 la tarea puede volverse titánica. Una facción en un grupo numeroso puede ser también atractivamente voluminosa y sumado a un desacuerdo puede sobrevenir la tentación de abrirse. Citar ejemplos podría ser cansador.

De ser esto una regla mayormente estable ya no hay motivos para buscar esos fantasmas que cínicamente infectarían las mentes nobles provocando fraccionamientos y heridas. De ser así estaríamos ante un fenómeno natural y previsible donde las acumulaciones de voluntades siguen reglas cuasi físicas que evitan el fortalecimiento. Una especie de límite imaginario donde no puede haber más que manadas numerosas pero nunca un reinado omnipresente o al menos preponderante. El mentado discurso hacia las mayorías, la unidad de los trabajadores, los sectores progresistas, el movimiento Nacional y Popular podría valer menos que un suspiro.

Las aplicaciones de estas conclusiones podrían ser el presupuesto más importante en cualquier plan político, social o económico. Entender una mecánica semejante podría llevar a replantear las rivalidades de otro modo porque ya los motivos de conflicto serían agentes secundarios en un marco indefectible. Y eso de algún modo es superador porque libera de la carga que trae los enfrentamientos pasados. Estaríamos divididos ya no por culpas compartidas sino por lo fatídicamente inevitable de nuestra matriz de comportamientos.

De ser cierto podría demostrarse de algún modo, y asi se pasaría del supuesto a la verdad tajante. No alcanzan los ejemplos, no alcanza con mostrar un peronismo tipo A y uno tipo B, con mostrar dos centrales obreras o los múltiples pares de sindicatos por rama. Tampoco basta para desbaratar la teoría un contra ejemplo, si es que existe. Hace falta algo más, hace falta demostrar la hipótesis.

Me niego a creer que la multitud tiende a dividirse solo por ser numerosa aunque entiendo que es más factible a medida que crece en número. Parece que espontáneamente surgen las respuestas y eso aterra.

Podría resultar que las mayorías no puedan ejercer su derecho democrático porque antes de ser muchos seríamos un par de grupos peleando por los matices y en la necesidad de diferenciarse perderíamos de vista el objetivo común. Podría ser entonces que las élites son más efectivas solo por ser excluyentes y reservadas. Si las mayorías tienden a la descomposición entonces hay que entender los triunfos democráticos como temporales y pasajeros mientras tanto las minorías siguen ejecutando su plan de exclusión con la ventaja de no ser fragmentables.

De ser cierto, la fuerza que otorga la masificación, que es el único modo de imponerse en el ámbito democrático también conlleva la autodestrucción. De ser cierto, la unidad duradera es un mito y su búsqueda es solo una inútil pérdida de tiempo. Estaríamos ante un cíclico David contra Goliat donde el gran tamaño es la debilidad y el de la honda lo aprovecha. No lo sé, sigo en shock.

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