Cinco hombres

Juan Domingo Perón dijo en 1950 que “No existe para el Peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan.

En solo esas palabras se revela el profundo cambio que sufrió nuestro país en solo 70 años. Por aquella época, además de incluirse a la mujer en el genérico “hombre”, el trabajo femenino era solo una elección de vida, no una necesidad. Hoy en un hogar medio con un sueldo medio no alcanza y que la mujer trabaje generando ingresos es casi requisito para no pasar necesidades. Aquel esquema patriarcal del siglo pasado no solo quedó enterrado por las conquistas sociales sobre la igualdad de género sino también fue desplazado por una paulatina y sistemática depreciación del salario que empujó, a fuerza de necesidades, a conformar el ingreso familiar como suma de lo que cada uno es capaz de facturar.

Esto no es gratis y se lleva puesto algo más que el arquetipo de familia. Hay niños criados por sus abuelos, conflictos por necesidades insatisfechas, violencia, frustración y sentimientos encontrados. Se acelera el ritmo cotidiano, se diluye el tiempo de disfrute con el otro, aumenta el cansancio y nos acostumbramos al stress. Todo porque un solo sueldo no alcanza.

En el ’50 claramente había una sola clase de hombre, porque había trabajo para todos. El obrero elegía (literalmente) donde trabajar y el criterio era su conveniencia. Eras hombre o vago. Hombre o lacra. Hoy es más complicado. Ya no hay una central obrera, ya no hay un sindicato por rama y ya no hay trabajo para todos.

Hoy encontramos muchos tipos de hombres y mejor dicho personas o ciudadanxs o como quieran decirle. No son demasiados, solo 5 pero son muchos más que los que distinguía una de las 20 verdades peronistas.

Está el que trabaja pero no está organizado, tampoco quiere estarlo, las negociaciones paritarias no lo afectan, trabaja mientras los demás paran, le molestan los piquetes y cree por ratos en la meritocracia. Hay otro, que está sindicalizado, que vive perdiendo ante la inflación, que lucha por sus derechos pero que no es uno sino son dos. Son dos que están bajo centrales obreras diferentes, que no se hablan y que reclaman por separado en días distintos. Van tres, todos trabajadores.

Hay un cuarto trabajador, el de los movimientos sociales, el que expulsado del mercado formal se afianzó en la economía informal, produciendo en su casa u organizado en pseudo cooperativas para ser presa del clientelismo. El que ya no está sindicalizado porque perdió ante la flexibilización, el que se la rebusca como puede poniendo el lomo o haciendo piquetes. Está organizado y trabaja pero no tiene un ingreso digno. Y hay un quinto.

Un hombre o mujer que no trabaja pero no porque no quiere sino porque no puede. Un joven que nunca encontró empleo porque para acceder a uno hace falta ser el único afortunado en dos cuadras de cola. Porque a pesar de tener oficio no sabe como hacerse lugar con lo que sabe, ponerle un valor y venderlo a quien puede pagarlo. Es una persona rota, que le falta aire cuando se levanta por la mañana y que está cansada por la noche a pesar de no haber hecho nada. Es un desorganizado, un caso no contemplado. Un trabajador perdido.

Sun Tzu empieza el Capítulo III del libro El Arte de la guerra con la afirmación: “Como regla general, es mejor conservar a un enemigo intacto que destruirlo. Capturar a sus soldados para conquistarlos y dominas a sus jefes.”

Más cerca, en la historia reciente se manejan nuevas aplicaciones a ese mismo concepto. Dentro de los cánones de la estrategia militar se sabe que dejar un adversario muerto en el campo de batalla implica sólo una baja, pero en cambio dejar un herido grave implica una baja operativa similar a la anterior con el agregado de ser una sobrecarga logística en atención médica, costosos insumos, energía, víveres y desgaste emocional en sus pares.

Por otra parte no es ajeno a ningún analista político o financiero que la lógica bélica no se circunscribe solo a los conflictos territoriales, civiles o étnicos sino que se aplican ampliamente a la economía global. Para corroborar esto basta con ver el extenso y desvergonzado uso de la expresión Guerra comercial y otras palabras propias de las milicias aplicadas a las ciencias sociales.

Tal vez, solo tal vez, no nos quieran muertos. Es probable que prefieran vernos caminar quejosos sobre muñones ensangrentados, divididos y desorganizados. Gastando la energía de otros para hacer llevadero un sufrimiento seguro, calando con nuestra estampa en la moral del que aún tiene fuerza y así dominar a nuestros referentes. La muerte sería más limpia pero si eso hubiesen querido la hubiesen ejecutado. En esta Guerra, para el enemigo, servimos así. No siendo solo una clase de hombres sino toda clase de personas divididas, heridas y desorganizadas.

Tenemos un duro destino por delante si no actuamos, nuestro enemigo es implacable. Debemos leer con crudeza la realidad para entablar táctica y estrategia. Nos venimos mintiendo y es claro que no nos ha servido de mucho. Debemos reagruparnos y evaluar los daños. Entender que la fragmentación es funcional al enemigo. Debemos encontrar nuestras fortalezas y aplicarlas en un único plan. Las batallas pedidas nos llevaron hasta acá, ahora solo queda ganar. No hay una clase de hombres, hoy somos cinco. La victoria estará cercana cuando todos pensemos como uno y el trabajo no sea nuestra vara de comparación. El camino hacia la victoria no puede estar dado por abundancia de empleo o el dinero resultante del trabajo sino por la férrea determinación de ser dignos. Elevemos las metas, apuntemos alto y lejos. Nos merecemos algo más que solo un buen pasar, los esfuerzos en nuestra contra lo confirma.

César Briatore

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