El nuevo mundo del trabajo

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Saliendo del trabajo voy hacia la parada del colectivo, cruzo una calle cortada y esquivo la basura derramada alrededor de un contenedor desbordado. al pasar por la vereda del cajero automático veo la puerta rota, semiabierta y el piso del recinto tapado con hojas secas y polvo. Antes del siguiente cordón, una chica policía muy concentrada jugando al Candy Crush, todo bien. Espero unos minutos, llega el mío y el colectivero, que mientras subo apenas me mira, tiene un solo auricular en su oído izquierdo conectado a un celular del lado de su ventilete. Por suerte puedo sentarme y obvio, abro el navegador con Google.

Ahí veo una noticia de España que me llama la atención: ”Las pymes piden que se simplifique el despido objetivo por absentismo”. Como no se lo que significa la última palabra, la busco. La acepción que más se adapta al contexto de la nota es “Costumbre o práctica habitual de abandonar el desempeño de las funciones y deberes anejos a un cargo.” Ahí voy entendiendo.

Busco estudios y estadísticas de Argentina y no encuentro nada pero salta que en España el absentismo marcó un nuevo récord de más del 5% y con un aumento de casi el 20% en 10 años, o sea, una sostenida tendencia en alza. Sigo buscando, busco nexos. Hay poco.

Doy con informes de la región y un estudio reciente realizado en Chile sobre engagement laboral. Esta expresión del espanglish se refiere al compromiso que tiene un trabajador con sus obligaciones o como decimos comúnmente también cuando se “tiene la camiseta puesta”. El informe es devastador, prácticamente con el mismo índice durante los últimos años sólo el 18% de los trabajadores chilenos mantienen un nivel alto de motivación y desempeño. Sigo buscando con los dedos pero la cabeza no para.

Recuerdo instantáneamente los ensayos de Burawoy y trato de ser bueno con él buscando el valor de sus aportes aunque estemos literalmente en otro mundo. Le doy la razón de antemano porque en carne propia y previo a conocer su trabajo exploré la mecánica del juego competitivo como trampolín a la productividad con resultados más que positivos. Pero lo que veo hoy no cuadra, no logra explicarse. Una cosa son dos líneas de producción compitiendo por una bonificación material, un tiempo de descanso o simplemente por la satisfacción de ser los mejores y otra cosa es el desinterés generalizado en cumplir la propia tarea. Que el engagement alcance menos de la mitad de la mitad del total, menos de 1 cada 5 es otra cosa.

Tenemos una nueva sociedad porque el mundo cambió drásticamente los últimos 20 años, solo por poner un número. Yo de chico me divertía viendo a Olmedo y mis hijos se criaron viendo South Park, con solo ese sutil cambio puedo extrapolar la divergencia en la idiosincrasia y concluir que aquellos elementos de coacción económica que son efectivos en algunas generaciones ya no lo son tanto con las nuevas. El temor al despido probablemente no esté tan arraigado en generaciones que ven el desempleo y los despidos masivos casi con naturalidad. Pero esa explicación tampoco me alcanza.

¿Porqué un policía jugaría con su celular a la vista de todos durante su trabajo? Puede explicarse de mil maneras aquello que es inexplicable: abuso por la escasez de controles, aburrimiento en una jornada interminable, apatía, escape mental a problemas personales o adicción lúdica. A los efectos de la productividad no es muy diferente a dejar los papeles de la oficina por unos minutos y salir a un patio a fumar o tomarse unos mates en un taller fuera del horario del refrigerio aunque lo del policía deje peor impresión.

Lo cierto es que no somos máquinas y por más que tengamos la camiseta puesta (o eso sintamos) es realmente difícil estar toda la jornada empujando como una locomotora. Esa falta de empuje es medible y es una cantidad alarmantemente alta con consecuencias económicas medibles en pesos. El Dios Eficiencia parece todopoderoso y los alcances de nuevas reformas laborales que hacen aún más flexible el despido o giro de planteles  encontrarán nuevos argumentos a las causales o la justificación para hacerlo gratis. Será más fácil echar la culpa al empleado para ahorrar costos y culturalmente será más difícil escapar de esas situaciones. Es así porque la incurrencia en esas faltas son cada vez más generalizadas y también por momentos necesarias para aliviar los niveles de alienación que impone un sistema que es frustrante en muchos aspectos.

Los estímulos de continua incertidumbre al que se somete al individuo lo hace adicto a ella e inmune a sus consecuencias. Acepta inerte el riesgo de perder lo poco que tiene porque tal vez sabe que es cuestión de tiempo que eso al fin suceda. Como aquel que ya no corre bajo la lluvia porque ya está demasiado mojado parecería que el asalariado desafía minuto a minuto su propio bienestar a corto plazo por un instante de autosatisfacción. Esa sed de efímero placer bajo riesgo no es otra cosa que un signo de alerta y peligro a cómo nos organizamos como sociedad y exigimos como personas. Es apenas un síntoma de los límites a que estamos llegando y la ausencia definitiva de ese Estado de Bienestar que prometían los teóricos. Estamos entregando el alma en el altar de la Eficiencia y el ritual no retribuye ni siquiera cantidades suficientes de placer fuera del trabajo.

Será eso. Será que no hay felicidad suficiente, descanso suficiente o reconocimiento suficiente. Será que no hay márgenes de satisfacción acumulada fuera de la jornada laboral como para resignar esas ‘escasas’ 9 o 10 horas para tareas productivas y rentables. No lo sé, creo que nadie lo sabe. No lo sabe la policía, tampoco el oficinista fumador, el del taller, el que no junta la basura, el que debería supervisar los cajeros automáticos ni tampoco el colectivero, nadie. Solo sabemos seguir.

Cesar Briatore

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